Construido entre 1831 y 1833, este punto de reunión tan popular hoy en día, tiene un antes y después que asombraría a más de uno. Tras ya varias décadas de haber visto pasar a la gente, atestiguando cómo caen y renuevan hojas de los árboles, ver cambios en las calles, nuevas rutas de autobuses, los gobiernos que van y vienen, manifestaciones, modas, generaciones distintas, historias de amor y uno que otro accidente, este lugar tiene más historias y memorias que narrar.

Previo a su establecimiento como punto de encuentro, allá por 1768, era utilizado como campo de práctica militar ya que se encontraba fuera de la traza de la ciudad y tampoco pertenecía a ninguno de los barrios ya establecidos. Posteriormente, entre 1812 y 1833, fue utilizado, de forma improvisada, como cementerio ante la alta cantidad de muertos registrados por la viruela y cólera. Sin embargo, no fue lo más siniestro de su pasado ya que, años después, a principios del siglo XIX, se utilizó como lugar de horca para criminales con delitos públicos.
Además, esta zona fue pensada desde su inicio como un sitio a donde pudiera asistir la población aledaña para la diversión y paseos dominicales pues, para aquel entonces, solamente se contaba con el paseo de San Francisco y el Zócalo como plazas abiertas al público general y su esparcimiento.
Es en 1897 cuando se construye el kiosco y, al siguiente año, el Presidente de la República, Porfirio Díaz, lo visita para poner la primera piedra de lo que sería el monumento a la independencia; años después, en 1921, la Colonia Francesa establecida en la ciudad obsequió un reloj –el conocido gallito- por el primer centenario de la Independencia del país.
Más tarde, en 1929, la Colonia Inglesa donó una fuente que se conoce como China Poblana y el Charro. En estas mismas fechas el ayuntamiento en turno promovió la construcción de un zoológico, por lo que se instaló un lago artificial para patos y cisnes –mismo que fue cerrado cuando se instaló el monumento a Juan de Palafox y Mendoza, obra de Jesús Corro Ferrer- ; entre los animales que los visitantes podían contemplar eran el venado, tejón, coyote, leones, renos, jabalíes y algunas variedades de monos. Cabe aclarar que todos estos animales estaban en jaulas.
¿Sabes por qué se le llama “Paseo Bravo”?
Fue llamado así en honor del insurgente Miguel Bravo, quien en 1814 fue hecho prisionero por las fuerzas leales a España y más tarde fusilado y decapitado. Anteriormente se le había conocido también como Paseo Nuevo, Paseo de San Javier, Alameda nueva, Paseo de la Emperatriz Eugenia, y por último el nombre que se conserva hasta la actualidad: Paseo Bravo.
Por Marlon Andrade Montalvo // Foto de panoramio.com

